jueves, 9 de diciembre de 2021

Homilía - La parroquia, una familia


A continuación publico una homilía predicada en la Misa de acción de gracias por los años de servicio en la comunidad parroquial Santa María de Caná (Madrid). La Santa Misa se celebró el 28 de octubre de 2013.


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No suelo escribir las homilías, como muchos se han dado cuenta. La primera vez que lo hice salió fatal. Era mi primera predicación de diácono. Recuerdo que tenía un compañero chino en el seminario. Sí, chino no por apodo, es chino de verdad, de China. Hablando con él le pregunté: ¿Y qué tal la homilía? Me dijo: "Holible". Claro, si no se escriben las cosas uno se puede quedar en blanco. Por ello, tengo aquí unas ideas que quería compartir.

1. Cuando escuchaba ayer a don Jesús y a don Nicolás dar el aviso de la misa de acción de gracias por el ministerio desempeñado por mí durante estos dos años, pensaba que en realidad, la acción de gracias debía darla yo. Efectivamente, me siento obligado -y feliz obligación- a dar gracias a Dios por darme la oportunidad de trabajar en esta comunidad parroquial, y dar gracias a todos ustedes también por la acogida con que la me han recibido.

Cuando mi arzobispo me dijo que ofreció la posibilidad de estudiar teología en la Universidad San Dámaso, no lo dudé, porque mi principal deseo era estudiar, y le dije que sí inmediatamente. Pero lo que no había imaginado -y ahí se cumple lo que dice la Escritura: “que el Señor no se deja ganar en generosidad”-. Pues lo que no había imaginado era las abundantes bendiciones que el Señor derramaría sobre mí al concederme la oportunidad, de trabajar en esta parroquia, de ejercer el ministerio sacerdotal aquí. Además es una parroquia muy querida, que me recordaba a mi parroquia de origen donde yo había sido monaguillo.

Tengo que confesar que al principio me impresionó un poco la idea de venir a Madrid, cuando se habían barajado otras posibilidades. “¿Qué se me había perdido en Madrid?”. Ni se me había pasado por la cabeza que existiera esa posibilidad. Pero el Señor, generoso como siempre, no me ayudó a encontrar algo perdido en Madrid, sino a descubrir algo que miles y miles ya conocían: una comunidad parroquial viva, que ofrece a sus fieles lo de siempre (la Eucaristía bien celebrada; la confesión, abundantemente ofrecida; y el trato continuo y personal con cada uno), a descubrir lo que ya muchos conocen.

2. Hemos escuchado en la primera lectura las palabras de san Pablo a los efesios: “Por tanto, vosotros ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”. Y nos podemos preguntar: ¿Por qué el apóstol hace esta afirmación? Lo explica más adelante en los versículos siguientes: porque fundados en Cristo, todos somos hermanos y ya no hacemos distinción de personas, pues pertenecemos a la misma familia. 

Familia, ésa es la palabra que puede definir a esta comunidad parroquial. Por eso, mi agradecimiento a esta parroquia que me han acogido como un miembro más de esta gran familia. Gracias, porque han conseguido que me sienta como en casa. Es verdad, no es un formulismo para quedar bien: me he sentido como en casa. Gracias, porque me han acompañado durante estos dos años, porque han rezado por mi vocación, por mi salud, por mi tesina (cuyo resultado ha sido satisfactorio), y por tantas otras intenciones. En el fondo, sabemos bien que en una parroquia sólo Cristo es el importante. Cómo hemos escuchado en el Evangelio, el Señor eligió a sus apóstoles para convertirlos en testigos suyos. No de sí mismos, sino suyos. Van a dar testimonio del Señor. Y a pesar de ser tan distintos entre sí, con distintas profesiones y diversas procedencias, vivían como hermanos, repitiendo lo que dice San Pablo, pues están edificados sobre Cristo. Formaban una familia, cuyo centro era el Señor. Gracias porque, habiendo sido elegido sin ningún mérito de mi parte, he podido formar parte de esta familia parroquial. Y como estamos en familia, aprovecho para pedir perdón por las veces en que no me cumplido bien mi labor -sé que algunas veces no lo he hecho, por las veces en que quizá no les he atendido con la suficiente disposición, por las veces en que no he reflejado a Áquel que el ministerio sacerdotal representa.

3. El Señor eligió a sus apóstoles y los envió, hemos oído en el Evangelio. Sobre mi futuro pastoral. Algunos han preguntado qué destino pastoral tendré. Yo también lo he preguntado... Aún no lo sé. Esta mañana le he escrito un e-mail al obispo, a ver si contesta y llego a esta Misa con la novedad... y nada. Así las cosas. Por cierto, le quiero muchísimo, de verdad. Recuerdo que la primera vez que se lo pregunté fue en abril y me dijo: "Mira no me preguntes, que de abril hasta octubre ni me entero". Bueno, no hay problema... Llega septiembre. Así, todo delicado y comedido: "Mire usted, si talvez puedo decirme cuál va a ser mi futuro pastoral". Y me contesta así: "Contextos imprecisos me impiden decir cuál va a ser tu futuro pastoral". O sea que no sabe... 

En estos días le escribí a un antiguo profesor mío de mis años de seminario. Le conté sobre la tesina, que había salido bien... (Ah, al obispo no se lo he contado. Si él no me cuenta, yo tampoco...). Me ha contestado con un e-mail (siempre contesta pronto, y lo que me dice tiene mucho peso; y pensé: “esto tengo que predicarlo”). Después de los saludos correspondientes, me decía: “Ahora te tocará cambiar de actividad después de un tiempo tan bueno. Hay algo bueno en no saber dónde va uno a parar, porque le da ocasión de ponerse más en manos del Señor y aceptar lo que Él quiera, de verdad. Eso pasa pocas veces en la vida; la última, cuando nos toca irnos de [este mundo]”. Sólo pido que recen por mí, para que el Señor me haga fiel. Hoy, antes de empezar la comida, me dijo un sacerdote mayor: “Si te esfuerzas por vivir la santidad, tu apostolado dará fruto, y habrás cumplido tu misión”.

4. Quiero agradecer personalmente a don Jesús, por toda la ayuda, por todo el apoyo durante estos dos años aquí en la parroquia; a don Nicolás, por su ayuda desde antes de que llegara yo a España, y porque gracias a su intercesión (y a sus buenos contactos... porque los tiene), Dios me bendijo con mi estancia en esta comunidad; a don Fernando, a don Óscar y a don Gonzalo, por su apoyo para que acabara la tesina (ah, recordaré con cariño las cenas de los jueves, después de la vela al Santísimo, y también nuestras apuestas para saber cuántos jóvenes se quedaban en la puerta de la iglesia); a don Rodrigo, por nuestras cálidas conversaciones sobre los países tropicales (como a él le gusta mucho el trópico, y a mí no); a todos los demás sacerdotes que desempeñan aquí su labor; y a toda la comunidad parroquial, por las horas de confesionario (yo creo que debieron convalidármelo con alguna materia, pues ahora con este asunto de Bolonia hay que tener prácticas). Gracias a todo por hacer, durante este tiempo, de Caná mi hogar.

5. Quiero terminar con unas palabras de un santo al que tengo mucho cariño, San Agustín. La verdad es que no sé decir las cosas con belleza, por eso suelo citar a autores que lo hacen bien. Al final de una homilía dice: “Ha llegado el momento en que yo tengo que dejar el libro santo y vosotros tenéis que regresar cada uno a sus ocupaciones. Hemos pasado un buen tiempo disfrutando de una luz común, nos hemos llenado de gozo y de alegría; pero, aunque nos separemos ahora unos de otros, procuremos no separarnos [del Señor]”. Que así sea.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Homilía - La vocación de entrega total y de por vida al Señor

Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete» (Mt 7, 33-34).

Queridos hermanos:

Nos hemos reunido en torno al altar del Señor para presenciar, para celebrar el compromiso de por vida de quien, como los apóstoles, ha sentido la llamada del Señor. Hoy es el día en que nuestra hermana dará un sí definitivo a Dios. Hoy ella asumirá una relación exclusiva de amor con el Señor y dispondrá su vida en las manos de Dios para el servicio de las almas.

El texto del Evangelio de hoy puede ayudarnos a profundizar en el misterio de la vocación. Los textos de la liturgia del día siempre tienen algo que decirnos, siempre ofrecen una luz sobre las circunstancias que estamos viviendo. El Card. Ratzinger escribía en el año 1988 que para hablar a sacerdotes y seminaristas «en lugar de recurrir a los textos neotestamentarios habituales sobre esta materia [la vocación sacerdotal], me parecía más fructífero aceptar el desafío de las perícopas que me presentaba la liturgia del día»[1]. Ese mismo desafío queremos asumir, aunque, estoy convencido, que no alcanzaremos la talla espiritual e intelectual del Papa Emérito.

Llamamos misterio a la vocación, pues la iniciativa es divina, fuente del misterio, y conecta con la libertad humana que, con sus luces y sombras, es siempre misteriosa. El Señor, pues, nos ayude a sumergirnos en este misterio y que los tesoros que podamos encontrar enriquezcan nuestros corazones y afiancen nuestro caminar cristiano.

Llamada aparte

«Apartándolo de la gente a un lado» (Mt 7, 33). Jesús se lleva aparte al sordomudo, ¿por qué el Señor no lo sana delante de los demás? ¿Qué significa esta particularidad que trae San Marcos? Benedicto XVI lo explica en una catequesis del año 2011: «Jesús quiere que la curación tenga lugar “apartándolo de la gente, a solas”. Parece que esto no se debe solo al hecho de que el milagro debe mantenerse oculto a la gente para evitar que se formen interpretaciones limitadas o erróneas de la persona de Jesús. La decisión de llevar al enfermo a un lugar apartado hace que, en el momento de la curación, Jesús y el sordomudo se encuentren solos, en la cercanía de la una relación singular»[2]. Son dos particularidades que tiene esta situación un poco extraña: por un lado, mantenerlo oculto a los ojos de los demás; y por otro lado, crear una relación singular entre Jesús y el beneficiario del milagro.

Estas dos explicaciones se aplican perfectamente a la vocación específica de vivir una entrega total y exclusiva al Señor. «Mantenerle oculto a los ojos de los demás». Así es el discernimiento vocacional. Una resonancia interior que solo el que es elegido puede escuchar. La vocación es un misterio que crece en el interior, en el corazón. Me permito citar unas palabras de San Josemaría, escritas hace casi 90 años: «Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como  si  se  encendiera  una  luz  dentro  de  nosotros;  es  un  impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación»[3]. Así es la vocación. Una llamada aparte como lo hace Jesús en el Evangelio de hoy. Reservada a las miradas ajenas. Ello permite una respuesta libre. Pues únicamente la persona que cree que es llamada, puede «ver» aquello que Dios le pide. La vocación es esa perla del Evangelio que se esconde, pero solo se esconde al principio, y una vez adquirida es inevitable mostrarla a los demás.

La segunda explicación de esta «llamada aparte» es que Jesús quiere tener una relación singular con el que es llamado. Aquel que ha decidido entregar su vida a Dios quiere y debe mantener una relación particular, especial, afectiva con el Señor. San Juan Pablo II define al hombre como «ser esponsalicio»[4] hasta el punto de que varón y mujer han sido creados para el matrimonio. Es decir, la vocación común del hombre y de la mujer es el matrimonio. Sin embargo, hay motivos -y hoy somos testigos de ello- que hacen digna la renuncia al matrimonio y nunca adversa la matrimonio.

Esa relación singular, hemos dicho, debe ser afectiva. Sí, amar al Señor con todo el corazón. Pero, podemos cuestionarnos, ¿cómo conseguir amar a quien «no tienes cerca», a quien no puedes abrazar? Esta pregunta tiene trampa. El Hijo de Dios ha asumido nuestra naturaleza humana, ha querido tener un corazón como el nuestro. Jesús es capaz de amar con afecto humano, como tantas veces lo hemos visto en los Evangelios. ¿Qué hace falta? Pasar tiempo con Dios, «perder» tiempo con Jesús. Un consejo: «No dejes al Señor y te enamorarás de Él»[5].

Concesión de un don y unas gracias especiales

«Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad» (Mc 7, 35). En el milagro que acabamos de escuchar, como en todos los milagros, siempre hay la concesión de un don que exige una correspondencia por parte del beneficiario. Aquel hombre estaba sordo, no sabemos mucho más de él. En la vocación siempre hay un don. Así como al sordo del Evangelio, el Señor le concede el don de la audición, devolviéndole algo que había perdido. Así mismo, al que es llamado, el Señor le concede un don, que no habríamos podido alcanzar por nuestras solas fuerzas, pero cuya correspondencia adelanta aquí en la tierra lo que un día seremos en el cielo. El don de la vocación genera unas capacidades en el que es llamado que, de algún modo, anticipan lo que estamos llamados a vivir en la eternidad. Con tu vida de entrega generosa se hace presente ya en este mundo, lo que viviremos en el más allá.

El don de la vocación viene acompañado de unas gracias especiales. Santo Tomás de Aquino lo afirma: «A los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos»[6]. Esa gracia la encontrarás en tu oración personal, en la Santa Misa y la confesión. El Señor te ha elegido, te ha llamado. Él te acompañará siempre en este camino. Y todos los que te queremos también.

El anuncio de Cristo

El don de la vocación no es solo para ti, es para los demás. Dice el Evangelio de hoy: «Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos» (Mc 7, 36). No vamos a entrar en la aparente desobediencia de aquellas personas que fueron testigos del milagro. Quizás se deba a que Jesús veía que por ahora no era conveniente dicho anuncio. Sin embargo, aquellos testigos dieron a conocer a Cristo. El don recibido debe ser anunciado, debe ser dado a conocer.

Es precisamente el anuncio de Cristo tu principal misión. Sabemos bien que nuestra entrega total a Dios, nos permite una mayor disponibilidad para servir a las almas, a todas las que el Señor ponga en el camino. Hacer de la vida una ofrenda agradable a Dios. San Juan Pablo II lo recordaba: «Los fieles laicos -debido a su participación en el oficio profético de Cristo- están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana -más o menos conscientemente percibida e invocada por todos- constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[7].

En ese apostolado, en esa labor, no olvidemos nunca que nos interesan las personas, una a una. El Papa Francisco lo expresó muy bien en la exhortación apostólica posterior al sínodo de los jóvenes: «ese indispensable anuncio persona a persona que no puede ser reemplazado por ningún recurso ni estrategia pastoral»[8].

Damos gracias a Dios por tu vocación, a tus padres por prepararte, a tu comunidad por acompañarte. Que seas siempre del Señor. Que cuentes con nuestra ayuda y nuestra oración. Que este paso sea el primero de todos aquellos que en la comunidad esperamos ver: tu ejemplo y tu ayuda impulse a más jóvenes a dar la vida por Cristo. Que seas siempre fiel. Así sea.

Homilía predicada en la misa de la Comunidad Tierra Santa
Parroquia San Antonio María Claret
4 de septiembre de 2021



[1] Ratzinger, J.,  Servidor de vuestra alegría, Barcelona 1989, p. 9.

[2] Benedicto XVI, Catequesis, 11 diciembre 2014.

[3] San Josemaría, Carta, 9 enero 1932.

[4] San Juan Pablo II, Catequesis, 6 enero 1980.

[5] El beato Álvaro del Portillo hacía una inversión didáctica a la redacción del último punto de meditación del libro Camino, escrito por San Josemaría.

[6] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 3, q. 27, a. 4 c

[7] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, 30 diciembre 1998, n. 34

[8] Exhortación Apostólica Christus vivit, 25 marzo 2019, n. 218

jueves, 22 de octubre de 2020

La entrevista y la Iglesia

Queridos hermanos:

A raíz de las noticias de ayer me han pedido algunas palabras sobre la confusa noticia de unas supuestas palabras del Santo Padre vertidas en un documental. Son dos ideas que se expresan en esa intervención, y que hemos encontrado en todos los medios de comunicación. Habría que esperar a ver el documental. Por otro lado, también estamos a la espera de un comunicado oficial de la Santa Sede que, hasta las 6.50 am, hora de Ecuador, no ha llegado.

Leo el primer texto: “Las personas homosexuales tienen derecho a estar en la familia. Son hijos de Dios, tienen derecho a una familia. No se puede echar de la familia a nadie, ni hacer la vida imposible por eso”. Estas palabras del Santo Padre están cargadas de acogida y comprensión. Las personas que sienten atracción hacia otras del mismo sexo son hijos de Dios, y no pueden ser expulsados de su familia. Deben ser acogidos y queridos, como hijos y hermanos que son. Cada uno tiene derecho ser acogido en su familia. Otra cosa es, y quizás se puede prestar a confusión en algunos medios, la expresión “tienen derecho a una familia”. Digo que esto puede facilitar un malentendido, pues hoy por hoy se entiende esta expresión como “derecho a adoptar hijos para formar una familia”, lo que contradice el bien de los hijos.

Leo el segundo texto de la polémica: “Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil. [Los homosexuales] Tienen derecho a estar cubiertos legalmente”. Estas palabras pueden también facilitar la confusión, pues la Congregación para la doctrina de la fe en el año 2003 dejó claro lo siguiente: “La Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales. El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad.”

Un reconocimiento legal de este tipo de uniones homosexuales provocaría dos cosas. Por un lado, no se llamaría a la conversión a los homosexuales activos. Recordemos lo que dice la Biblia sobre este tipo de pecados, por ejemplo, en 1 Cor 6, 9-10 y 1 Tim 1, 8-10. Por tanto, se aprobaría este tipo de comportamiento. Por otro lado, la ley tiene un carácter pedagógico. Si la ley dice que está bien, se corre el grave peligro de que se piense que moralmente está bien. Ése es el problema de reconocer como moralmente buenos los actos intrísecamente malos.

Añado, para evitar cualquier mal entendido, las palabras del Catecismo de la Iglesia católica: “Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición” (CCE 2358).

Sigue el Catecismo: “Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (CCE 2359). La Iglesia valora como inmorales, no la tendencia, sino los actos homosexuales y los califica como intrísecamente desordenados.

¿Qué hacer en esta situación de confusión? Hay un punto que me parece importante y que no tenemos en cuenta. La intervención del Santo Padre es una entrevista. Y como tal no tiene valor doctrinal. Se puede discutir si conviene o no este tipo de intervenciones y su influencia en los medios. No me corresponde a mí juzgar, pero sí reconocer que no todo lo que diga el Santo Padre en distintas áreas tiene el mismo peso doctrinal. Una entrevista no cambia la doctrina.

Quizás puede resultarnos iluminador el Evangelio de hoy (alguno pensará: ¡Por fin nos habla del Evangelio). Cristo no vino a traer paz al mundo, sino división. Parece una contradicción que el Príncipe de la paz traiga el fuego, la guerra, la división. Jesús no hace sino repetir la idea que ya expresó el anciano Simeón, cuando el Niño Dios fue presentado en el templo. Dice el texto: “Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre: —Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción” (Lc 2, 34). 

La Iglesia, como esposa de Cristo, como discípula de Cristo, está llamada a ser también signo de contradicción. A veces, lastimosamente, la contradicción viene dada por el mal ejemplo que damos los católicos. Nuestro mal testimonio constituye una pesada incoherencia y un obstáculo para que muchas almas se acerquen a Dios y a la Iglesia. Pero, muchas veces la contradicción nos llegará (¡y debe llegar!) por defender, como Cristo, la verdad. Durante su vida terrena, a Jesús los persiguieron por manifestar la verdad: Él es el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador. La Iglesia, en la que estamos tú y yo, está llamada continuamente a dar testimonio de la verdad, sin que falte la caridad, aunque eso signifique padecer tribulaciones, aunque eso implique que el mundo no nos aplauda. “No queremos –decía Chesterton- una Iglesia que, como dicen los periódicos, se mueva con el mundo. Queremos una Iglesia que mueva al mundo”. Que la Virgen nos ayude con su intercesión y que en nuestra oración esté siempre el amor al Papa y a la Iglesia. Que así sea.

martes, 28 de mayo de 2019

Sobre la simplificación de ritos en la reforma litúrgica



Misa en la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. 19 de mayo de 2019.
La evidente reducción de gestos en la última reforma litúrgica pudo responder a un deseo de simplificar los ritos tradicionales, que en su momento protegieron verdades, que ya no se encontraban en discusión. Así, por ejemplo, la repetición de cruces durante la plegaria eucarística nos recordaba, de modo pedagógico, la dimensión sacrificial de la Santa Misa, rechazada en la reforma protestante.

Sin embargo, da la impresión que el efecto fue el contrario. Pues verdades asentadas en otros tiempos, ya no lo están. No solo porque ya no se creyera en ellas, sino que se viven (celebran, podríamos decir) como si no se creyera. Así, retomando el ejemplo anterior, ¿quitar las cruces, también en la iconografía, no nos ha hecho olvidar que la Misa es el sacrificio incruento de Cristo?

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: "Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer": (Concilium Tridentinum, Sess. 22a., Doctrina de ss. Missae sacrificio, c. 2: DS 1743) "Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz "se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento";… este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio" (Ibid). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1367)

Tal fue la situación que se nos tuvo que recordar esta dimensión sacrificial en la carta encíclica Ecclesia de Eucharistia de san Juan Pablo II del año 2003. ¿Por qué recordar algo, sino porque ya estaba olvidado en muchos ambientes? Las palabras sacrificio y sacrificial aparecen 64 veces en una encíclica de 62 numerales, es decir, ¡un vez por cada parágrafo!

Se nota a veces una comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno. (Ecclesia de Eucharistia, n. 10).

En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos. (Ecclesia de Eucharistia, n. 11).

Ciertamente, no se puede culpar a la sola simplificación ritual esta situación, pero no deja de ser llamativo el paralelismo en el acontecer de ambas: el olvido de las verdades y la simplificación. ¿No será que esos gestos centenarios protegían verdades y que, por tanto, era necesario mantenerlos? ¿No es acaso un ejemplo claro de la implicación entre lex orandi y lex credendi? ¿Realmente esos gestos estaban de más?

Con esto, no pretendo entrar en discusiones planteadas por ciertos tradicionalismos, ni mucho menos negar reformas que la Iglesia tiene la autoridad de emprender. Pues, como escuché decir en clase: “Puedo tener mi opinión en Liturgia, pero cuando me revisto con una casulla hago lo que la Iglesia quiere que haga” (F. Arocena). Sólo intento plantear una situación para que juntos podamos encontrar luces que puedan guiarnos a vivir y enseñar a vivir la liturgia de la Iglesia.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Meditación sobre la traición de Judas - Romano Guardini - III Parte (final)

Judas (Tercera parte - final)

Pues bien, ¿en qué consistió, realmente, la traición de Judas? Como suele suceder, la respuesta más simple es la más acertada. Los jefes del judaísmo pretendían capturar a Jesús con la mayor discreción posible, ya que el pueblo aún estaba impresionado por su entrada en Jerusalén. Ahora bien, Judas, que estaba familiarizado con las costumbres de Jesús, podía indicarles el lugar más apropiado para prenderlo sin tumulto. El relato de la última cena da testimonio de la actitud de Judas y de la increíble insolencia y desfachatez con que pregunta directamente a Jesús: «¿Acaso soy yo, Maestro?» (Mt 26,25). Todo está aquí bajo el signo de una vileza inconcebible y de una ruindad de espíritu que lleva al traidor a convenir con los captores la señal de su traición: un beso de saludo a la víctima. Y otra vez es Juan –¡cómo debió éste de odiar a Judas desde lo más hondo de su sensibilidad humana!– el que en su relato de los hechos comenta con un dramatismo impresionante: «Y detrás del bocado [que le ofreció Jesús], entró en él Satanás» (Jn 13,27). Ese «bocado» no fue la eucaristía, pues judas no estuvo presente en la institución del «misterio de la fe», sino que, más bien, se trató de una deferencia con la que el padre de familia solía obsequiar a uno de los comensales ofreciéndole un bocado de hierbas mojadas en la salsa. Con todo, esa muestra de amistad, ese último detalle de Jesús, no sólo fue un sello de ruptura entre Maestro y discípulo, sino que endureció definitivamente la actitud interior de Judas. Y así es como «entró en él Satanás».

Pero a la acción depravada siguió el arrepentimiento. Y Judas se vio abrumado por todo lo que había perdido. El simple recuerdo no era en modo alguno comparable con la cruda realidad de unos hechos consumados que le retaban fríamente desde el rostro de aquellos a los que él había prestado sus servicios. ¡Cuánta rabia y qué conmovedora impotencia se encierra en el gesto, tan desesperado como inútil, de arrojar contra el santuario el producto de su traición!... Y luego, el trágico final, con el suicidio del renegado.

Ahora bien, al hablar de judas, no debemos fijarnos exclusivamente en él. Cierto que fue judas el que traicionó materialmente a Jesús. Pero, ¿fue el único que se movió en el ámbito de la traición? ¿Cómo actuó, por ejemplo, Pedro, elegido por Jesús para estar junto a él y contemplar su gloria en el monte de la transfiguración, y constituido roca fundamental de su Iglesia y portador de las llaves de su reino? Cuando la situación empezó a ser peligrosa, y él mismo se vio comprometido de la manera más ridícula por la observación de una criada que lo delató públicamente con el comentario: «También ése andaba con él», Pedro no supo sino replicar: «Mujer, no conozco a ese hombre» (Lc 22,56–57). Y poco más tarde, se puso a jurar y perjurar no una ni dos, sino tres veces, que no conocía a Jesús (Mt 26,72–74). Pues, ¡eso fue traición! Y si no llegó a hundirse en ella, sino que encontró el camino del arrepentimiento y de la conversión, todo fue por una gracia divina. Y, ¿qué pasó con Juan? También él se dio a la fuga, como los demás discípulos; sólo que, en su caso, la huida adquiere una especial importancia, por tratarse del discípulo predilecto de Jesús. Es verdad que regresó y que estuvo al pie de la cruz de su Maestro; pero el hecho mismo de regresar se debió a impulso divino... Y, ¿el resto de los discípulos? Abandonaron al Maestro, como estaba predicho: «Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas» (Mt 26,31)... Y, ¿el pueblo? ¿Qué pasó con él? ¿No le había dedicado Jesús los más continuos desvelos? ¿No había curado a los enfermos, alimentado a los hambrientos, confortado a los afligidos? ¿No era ése el pueblo que, iluminado por el Espíritu, lo había reconocido y proclamado abiertamente como Mesías? Entonces, ¿cómo pudo llegar a traicionarlo, hasta el extremo de preferir que se liberara a un bandolero, en lugar de a este hombre?... Y, ¿qué decir de Pilato? En su conversación con Jesús sucede algo profundamente conmovedor. Llega un momento en que el romano, a pesar de su escepticismo, se queda mirando fijamente a Jesús, como invadido por una difusa sensación de complicidad, algo así como una oleada de mutua simpatía. Pero pronto se impone el frío razonamiento, y Pilato «se lava las manos» (Mt 27,24). ¡En fin, una pena! Podríamos decir que en la traición de Judas se hizo realidad con todo su dramatismo lo que siempre había bullido en torno a Jesús como posibilidad remota. De hecho, en el fondo, ninguno de los que rodeaban a Jesús tenía motivos suficientes para considerarse a sí mismo mejor que Judas.

Tampoco nosotros los tenemos, fuerza es reconocerlo. Desde luego que la tentación de traicionar a Dios nos ronda a todos de un modo insidioso. Pero, ¿qué podría traicionar yo, sino lo que se ha confiado a mi lealtad? Y, ¿qué significa eso en relación con Dios? Ni más ni menos, lo que dicen las propias palabras: que Dios no se ha revelado sólo en la enseñanza de unas verdades o en la imposición de ciertos mandatos con sus respectivas consecuencias, sino que se ha manifestado en persona. Su verdad está en él mismo. Y también su voluntad. Al que presta atención Dios le comunica su propia fuerza, de modo que el oyente no recibe sólo una palabra, sino a la persona misma del «Consagrado de Dios». Por eso, escuchar a Dios es abrirse a él; creer en Dios es «aceptarlo con lealtad». El Dios en quien nosotros creemos es un Dios que viene, que entra en nuestro interior, que se somete al dominio de nuestro espíritu y de nuestro corazón; es un Dios que cuenta con la lealtad de nuestro corazón y con la dignidad de nuestro espíritu. ¿Dignidad? ¿Y aquí se habla de dignidad? Pues sí, porque cuando Dios entra en el mundo se despoja de su poder; su verdad renuncia a toda imposición violenta, sus mandatos prescinden de la fuerza coercitiva del castigo, en cuanto consecuencia lógica de la acción. Dios viene al mundo indefenso, sin palabra, con paciencia infinita. «Se despojó de su rango, y asumió la condición de esclavo» (Flp 2,7). De ahí que cobre tanta mayor profundidad la invitación que se hace a la fe para que reconozca al Dios escondido y profese lealtad al soberano indefenso...

Pero, ¿no es verdad que a lo largo de nuestra vida hemos abandonado muchas veces a ese Dios, renunciando incluso a nuestras convicciones más profundas, a nuestros más nobles sentimientos o a deberes tan sacrosantos como el amor, por simples frivolidades, por satisfacciones pasajeras, por míseros beneficios, por una sensación de seguridad, por una explosión de odio, o por una venganza premeditada? Pues bien ¿es eso más que treinta monedas de plata? En realidad, no tenemos muchos motivos para hablar del «traidor» –quizá, hasta con indignación-, como si se tratara de algo que no nos incumbe directa ni personalmente. Sin embargo, la figura de judas nos desenmascara a nosotros mismos. Al personaje podemos entenderlo, aun en sentido cristiano, si lo enfocamos desde las depravadas posibilidades de nuestro propio corazón y pedimos a Dios que no permita jamás que esa traición en la que caemos día a día adquiera consistencia en nuestro ser interior. De hecho, el endurecimiento en una actitud de traición que se apodera absolutamente del corazón del hombre y no le deja ninguna vía de escape hacia el arrepentimiento, ¡eso es Judas!

Romano Guardini

martes, 26 de marzo de 2013

Meditación sobre la traición de Judas - Romano Guardini - II Parte

Judas (Segunda Parte)


Hay que suponer que Judas se vinculó a Jesús con sincera disposición para creer en él y seguirle; si no, Jesús no lo habría elegido. Al menos, no hay ningún indicio de que el Señor tuviera recelos o desconfianza con respecto al candidato. Y mucho menos cabría suponer algo tan absurdo como que Jesús, intencionadamente y ya desde el comienzo, hubiera admitido en el grupo de sus más íntimos a uno que él sabía que iba a ser un traidor. Por eso, no cabe poner en entredicho la inicial sinceridad de Judas.

Lógicamente, Judas tenía sus defectos, como cualquiera otro de los apóstoles... Por ejemplo, también Pedro tenía los suyos. Era impulsivo; se le escapaba el corazón en cada palabra, tanto para bien como para mal. Se dejaba influir fácilmente; quizá deberíamos catalogarlo como voluble. Cuando se dice que él será «la roca» (cf. Mt 16,18), suena como a promesa de un auténtico milagro del poder divino, ya que por su carácter era todo menos eso... Y lo mismo le pasaba a Juan; también él tenía sus defectos. Su imagen ha sido desfigurada por la leyenda y por el arte. Desde luego, no era el entrañable y afectuoso «discípulo amado» que nos ha transmitido la tradición. Sin duda, su mentalidad era más elevada que la de los otros apóstoles, pero también era de carácter tremendamente apasionado y en su interior abrigaba las mayores capacidades de despiadada intolerancia. Esa sensación nos producen tanto el episodio en que Juan invoca sobre Samaría el destino de Sodoma, como la extremada dureza de algunos pasajes de sus cartas. Pues bien, si con tanta insistencia y profundidad nos habla del amor, quizá ello se deba, precisamente, al hecho de que él mismo no era de natural afectuoso, por lo menos en cuanto al amor de benevolencia, ya que existen muchas clases de amor... Por otra parte, tampoco Tomás era perfecto. Más bien, era desconfiado y sólo creía lo que él mismo pudiera comprobar. El hecho de que Jesús, refiriéndose a él, declarara «dichosos» a los que creen sin haber visto quiere decir que Tomás debió de estar al borde de la catástrofe... En consecuencia, es perfectamente lógico que también Judas tuviera sus defectos. La tradición evangélica –la de Juan, en concreto– menciona uno con particular énfasis, sin duda por tratarse del más acusado: su ambición de dinero. Por consiguiente, su fe tuvo que luchar contra un mal instalado en su propio espíritu, y su apertura a la conversión debió hacer frente a un cúmulo de condicionamientos internos. No hay duda que la avaricia, en sí misma, posee un fuerte componente de degradación que rebaja al sujeto. Ahora bien, en la ingenua e inestable sinceridad de Pedro latía un corazón generoso, en el violento fanatismo de Juan ardía una fuerte pasión de entrega, y en la desconfianza natural de Tomás reinaba una franca apertura a reconocer la verdad en cuanto se hiciera patente. En cambio, en el corazón de Judas tuvo que existir por necesidad un poso de insondable vileza. Si no, ¿cómo hubiera podido Juan presentarlo como un «hipócrita» y un «ladrón» (Jn 12,6), aunque también aquí dé muestras de su típica intolerancia? Y en cuanto al propio Judas, ¿cómo, si no, hubiera podido llegar tan bajo, hasta el punto de consumar su traición precisamente con un beso, la típica señal de paz? Una acción tan vil no surge espontáneamente, en un momento dado, sino que exige una preparación. Pero, por otra parte, también a Judas le estaba abierta la posibilidad de salvación. Había sido elegido para apóstol, y pudo llegar a serlo realmente. Pero poco a poco fue desfalleciendo su disponibilidad para la conversión. No sabemos cuándo empezó ese proceso de declive; tal vez, en Cafarnaún, cuando Jesús prometió la eucaristía en un discurso que a los oyentes les resultó «Intolerable». A partir de entonces, el pueblo empezó a apartarse de Jesús; e incluso «muchos de sus discípulos dejaron de seguirlo» (Jn 6,60–66). Y la conmoción suscitada por tal anuncio debió de alcanzar también al estrecho círculo de sus íntimos, pues de otro modo no tendría sentido la pregunta que Jesús hizo a sus apóstoles: «¿También vosotros queréis marcharos?». Parece, pues, que ninguno de ellos estaba en condiciones de «creer», en el pleno sentido de la palabra. El que más se destacó fue Pedro, en la medida de sus posibilidades, dando como quien dice un salto hacia la confianza: «Y, ¿adónde podríamos ir nosotros? Tú tienes palabras de vida eterna». Como si dijera: Nosotros no entendemos nada, pero creemos en ti; y como nos fiamos de ti, aceptamos tu palabra (Jn 6,68–69). Quizá fue en ese episodio cuando la fe se extinguió en el corazón de Judas. El hecho de que no se retirara en aquel momento, sino que permaneciera en el grupo, como «uno de los Doce», fue el comienzo de su traición. Pues bien, ¿por qué se quedó? No sabríamos decir. Quizá aún le quedaba la esperanza de que podría superar sus recelos, o quizá sentía curiosidad por saber cómo iban a acabar las cosas; a no ser que ya desde entonces hubiera empezado a hacer sus cálculos. Poco después, se celebró en Betania aquel banquete en el que Judas expresó su indignación por el dispendio amoroso de María. De hecho, el grupo entero estaba indignado, al menos en sentido moral. Pero fue Judas el que dijo públicamente que hubiera sido preferible entregar aquel dinero a los pobres. Esa actitud sacó de quicio al apóstol Juan que, recordando la escena, escribió años más tarde en su narración evangélica: «Dijo eso no porque le importaran los pobres, sino porque era un ladrón y, como estaba al cargo de la bolsa común, robaba de lo que se echaba en ella» (Jn 12,1–6).

Por el hecho de quedarse en el grupo, Judas corría un grave peligro. Una existencia consagrada a Dios, que no sabe pensar ni juzgar ni actuar sino movida por criterios divinos, río es fácil de sobrellevar. Creer que es sencillamente maravilloso vivir al lado de un santo –y mucho mejor si es junto al Hijo de Dios–, de modo que uno tenga necesariamente que ser bueno, es una solemne insensatez. En realidad, se puede llegar a ser un demonio. Ya lo dijo el propio Jesús: «¿No os elegí yo a vosotros doce? Y sin embargo, uno de vosotros es un diablo» (Jn 6,70). Pues bien, Judas no fue así desde el principio, como a veces piensa la gente, sino que se fue haciendo malo poco a poco; y precisamente, al lado del Redentor. ¿Por qué hay que tener reparo en decir esto, si fue así? Judas se volvió malo, viviendo en compañía del Redentor. Y la razón es que Jesús, ya desde su nacimiento, es «señal de contradicción» y causa de que «muchos en Israel caigan o se levanten» (Lc 2,34). Sobre todo, después de un episodio como el de Cafarnaún, la situación anímica de Judas debió de ser intolerable. Tener siempre a la vista esa figura extraordinaria, percibir en ella día a día una pureza sobrehumana y –lo más insufrible de todo– contemplar su perenne actitud de víctima y su inconmovible decisión de entregar su vida por la humanidad, todo esto no podría soportarlo más que uno que sintiera un amor apasionado hacia el Maestro. Si ya es difícil aguantar dignamente –quizá habría que decir: perdonar– la superioridad de una persona, cuando se es inferior, ¿cómo habrá de sentirse uno ante la superioridad de orden religioso, ante la grandeza de una víctima divina, ante la incomprensible e infinita dignidad del Redentor? Si no existe una sincera disponibilidad de la fe y del amor para reconocer en esa santidad extraordinaria el solo principio y la única medida del supremo bien, todo resultará envenenado. En el interior de una persona como ésa toma forma una pérfida agresividad contra la poderosa figura que se le presenta; y surge y va creciendo una crítica mordaz a las palabras y acciones del personaje, cada vez con más inquina, hasta acabar en verdadero odio. La mera presencia de esa figura sagrada resulta intolerable, sus gestos provocan una profunda obcecación, y hasta el tono de su voz chirría en los oídos... Así, progresivamente, Judas se convirtió en un aliado natural de los adversarios de Jesús. En su corazón despertaron los más bajos instintos farisaicos, hasta el punto de llegar a ver en su Maestro un auténtico peligro para Israel. Al mismo tiempo, se removió en su interior la escoria de una latente perversidad y afloró una explosión de odio contra la insoportable dignidad de Jesús. La vieja tentación del dinero volvió a fascinarle, hasta convertirse en una necesidad ineludible. Bastaría una nimiedad, un encuentro fortuito, para que afloraran a la superficie las más perversas intenciones.

Romano Guardini

lunes, 25 de marzo de 2013

Meditación sobre la traición de Judas - Romano Guardini - I Parte

Prólogo

Hace muchos años leí el libro "El Señor" de Romano Guardini. El profesor de Sagrada Escritura que me lo regaló, me aseguró que sería un libro de mucho provecho. Una de las reflexiones que más impresión me causó fue la meditación sobre la traición de Judas. He recordado este texto, pues a lo largo de estos días de la semana santa -lunes, martes y miércoles- este elegido del Señor se hace presente en los relatos evangélicos de la santa Misa. Después de algunos problemas técnicos para conseguir el texto, les adjunto la primera parte de la meditación. Espero que sea de provecho.

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Judas (Primera parte)

La tradición evangélica retrata la figura y la actuación de judas con los rasgos que arrojan los siguientes textos:
«Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás, y decidieron prender a Jesús con engaño y darle muerte... Entonces, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
–¿Cuánto me dais, si os lo entrego?
Ellos le prometieron treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo» (Mt 26,33.1416).

De ese mismo personaje ya se había hablado en un episodio anterior. En el evangelio según Juan se dice:
«Seis días antes de la Pascua, Jesús llegó a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Y allí ofrecieron a Jesús una cena; Marta servía a la mesa y Lázaro era uno de los comensales. Durante la cena, María se presentó con un frasco de medio litro de perfume muy caro, esencia de nardo puro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y toda la casa se llenó de la fragancia de aquel perfume. Pero uno de los discípulos, Judas Iscariote –el que lo iba a traicionar–––, comentó:
–¿Por qué no se ha vendido ese perfume por más de trescientos denarios y se ha dado [el importe] a los pobres?
Pero dijo eso no porque le importaran los pobres, sino porque era un ladrón y, como estaba al cargo de la bolsa común, robaba de lo que. se echaba en ella» (Jn 12,1–6).

Y en el mismo evangelio, en el relato de la última cena, se dice:
«Dichas estas palabras, Jesús se sintió profundamente conmovido y declaró sin titubeos:
–Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.
Los discípulos empezaron a mirarse desconcertados, sin saber a quién podría referirse. Uno de ellos, el discípulo preferido de Jesús, estaba reclinado a la mesa sobre el pecho de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase a quién se refería. Entonces él se inclinó otra vez sobre el pecho de Jesús y le preguntó:
–Señor, ¿quién es?
Jesús le contestó:
–Aquél a quien yo dé este trozo de pan mojado en la salsa.
Y mojando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y con el bocado entró en él Satanás. Entonces, Jesús le dijo:
–Lo que vas a hacer, hazlo cuanto antes.
Pero ninguno de los comensales entendió por qué le había dicho aquello. Algunos pensaron que, como Judas estaba encargado de la bolsa común, Jesús le había dicho que comprara lo necesario para la fiesta, o que diera algo a los pobres. Por su parte, Judas, nada más tomar el bocado, salió inmediatamente. Era de noche» (Jn 13,21–30).

Más adelante, se cuenta cómo Judas llevó a cabo su propósito:
«Cuando Jesús terminó de hablar, salió con sus discípulos y, después de cruzar el torrente Cedrón, entró con ellos en un huerto Judas, el que lo iba a traicionar, conocía también el sitio, porque Jesús solía reunirse allí con sus discípulos. Así que tomó consigo una patrulla de soldados romanos y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, y se presentó en el lugar con sus acompañantes, armados con linternas, antorchas y palos» (Jn 18,1–3).

La continuación del relato, según Mateo, dice así:
«El traidor les había dado esta señal: "Al que yo dé un beso, ése es; detenedlo". De modo que, nada más llegar Judas se acercó a Jesús y le dijo:
– ¿Qué tal, Maestro?
Y lo besó. Pero Jesús le dijo:
– Amigo, ¿a qué has venido? (Mt 26,48–50)

En el relato según Lucas se añade:
«Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Lc 22,48).

Y en la narración según Mateo, el episodio termina:
«Entonces se acercaron, echaron mano a Jesús y lo detuvieron» (Mt 26,50).

El relato de la traición de Judas se cierra de la siguiente manera:
«Al amanecer, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo tomaron unánimemente la decisión de condenar a muerte a Jesús. Lo maniataron, lo llevaron preso a la presencia del gobernador romano, Poncio Pilato, y se lo entregaron. Judas, el traidor, al enterarse de que habían condenado a muerte a Jesús, sintió remordimientos. Y fue y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciéndoles:
–He pecado, entregando sangre inocente.
Pero ellos replicaron:
–Y a nosotros, ¿qué nos importa? ¡Allá tú!
En respuesta, Judas arrojó las monedas hacia el santuario y se marchó. Luego fue, y se ahorcó. Los sumos sacerdotes recogieron las monedas y dijeron:
–No nos es lícito echarlas en el tesoro del templo, porque son precio de sangre.
Después de deliberar, decidieron comprar con ellas el Campo del Alfarero, para cementerio de inmigrantes. Por eso, aquel terreno se llama hasta hoy "Campo de sangre"». (Mt 27,1–8).

Al grupo de los más íntimos de Jesús pertenecía Judas, nacido en la aldea de Keriot, un personaje al que la sensibilidad cristiana ha visto siempre como el símbolo por antonomasia de la más horrenda traición. En cuanto a nosotros, también estamos ya habituados a ver al traidor junto a su Maestro. Y quizá, hasta nos hemos forjado una teoría, según la cual junto al héroe glorioso tiene que haber oscuridad, y junto al modelo de santidad consumada debe aparecer el mal. Pero esa teoría no se ajusta a razón, pues en modo alguno es necesario que ante al «Consagrado de Dios» (cf. Lc 4,34) haga acto de presencia la traición. Jamás debió suceder que el Señor fuera vendido por uno de los suyos, uno que pertenecía al grupo de los que él llamaba «sus amigos». Entonces, ¿cómo pudo ocurrir una cosa semejante? ¿Cómo un hombre elegido por el propio Jesús para formar parte del grupo de sus íntimos pudo pensar y actuar de ese modo? Esta pregunta no ha dejado de suscitar continuas discusiones. Entre las respuestas que se han presentado cabe destacar dos, como más pertinentes. Primero, una respuesta popular. Según ella, Judas sintió realmente el llamamiento de Jesús, al que reconoció como el Mesías y, quizá, incluso como el Hijo de Dios. Pero no logró arrancar de su corazón la semilla del mal, sino que permaneció anclado en su avidez y vendió a su Maestro por su desmesurada avaricia. Así surgió la tenebrosa figura del traidor por antonomasia, en cuanto imagen mítica de la maldad. Quizá también contribuyera a esto el deseo de encontrar un culpable del lacerante destino de Jesús, a la vez que esa reprobación ofrecía la posibilidad de descargar en otra persona el sentimiento de la propia culpabilidad... Pero junto a esa respuesta más bien simple –quizá, demasiado–, hay otra mucho más complicada. Según ésta, Judas habría sido una persona muy sensible, bien conocedora de las profundidades más oscuras de la existencia humana. Tenía fe en el Mesías y abrigaba la firme convicción de que éste habría de restablecer el reino de Israel. Pero, al mismo tiempo, percibía en Jesús la sombra de la duda. Así que decidió ponerlo a prueba, incluso en peligro de muerte. Entonces sí que tendría que actuar, empleando todos sus poderes supraterrenos para restablecer la ansiada soberanía... O también, profundizando aún más en la oscura mente del personaje, Judas era consciente de que la redención debería producirse por la muerte del «Consagrado de Dios». Por eso, para que sus hermanos pudieran alcanzar la salvación, asumió él, en su propia persona, el indispensable destino de traicionar a Jesús. Por la salvación de los otros, Judas eligió para sí mismo la infamia y la condenación. Sin embargo, todas esas consideraciones son puras sutilezas especulativas sin fundamento alguno en la Sagrada Escritura. Son, más bien, producto de una filosofía romántica del mal, que contradice al espíritu de la revelación. Por otra parte, tampoco aquella primera consideración –que hemos llamado «respuesta popular»– es exacta, aunque a primera vista pudiera apelar al comentario del apóstol Juan. Es demasiado simple. En la vida, las cosas no suceden así. Por eso, vamos a centrarnos únicamente en los textos, sin añadir más de lo imprescindible para presentarlos en su propia coherencia interna.

Romano Guardini

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