A continuación publico una homilía predicada en la Misa de acción de gracias por los años de servicio en la comunidad parroquial Santa María de Caná (Madrid). La Santa Misa se celebró el 28 de octubre de 2013.
--------------
No suelo escribir las homilías, como muchos se han dado cuenta. La primera vez que lo hice salió fatal. Era mi primera predicación de diácono. Recuerdo que tenía un compañero chino en el seminario. Sí, chino no por apodo, es chino de verdad, de China. Hablando con él le pregunté: ¿Y qué tal la homilía? Me dijo: "Holible". Claro, si no se escriben las cosas uno se puede quedar en blanco. Por ello, tengo aquí unas ideas que quería compartir.
1. Cuando escuchaba ayer a don Jesús y a don Nicolás dar el aviso de la misa de acción de gracias por el ministerio desempeñado por mí durante estos dos años, pensaba que en realidad, la acción de gracias debía darla yo. Efectivamente, me siento obligado -y feliz obligación- a dar gracias a Dios por darme la oportunidad de trabajar en esta comunidad parroquial, y dar gracias a todos ustedes también por la acogida con que la me han recibido.
Cuando mi arzobispo me dijo que ofreció la posibilidad de estudiar teología en la Universidad San Dámaso, no lo dudé, porque mi principal deseo era estudiar, y le dije que sí inmediatamente. Pero lo que no había imaginado -y ahí se cumple lo que dice la Escritura: “que el Señor no se deja ganar en generosidad”-. Pues lo que no había imaginado era las abundantes bendiciones que el Señor derramaría sobre mí al concederme la oportunidad, de trabajar en esta parroquia, de ejercer el ministerio sacerdotal aquí. Además es una parroquia muy querida, que me recordaba a mi parroquia de origen donde yo había sido monaguillo.
Tengo que confesar que al principio me impresionó un poco la idea de venir a Madrid, cuando se habían barajado otras posibilidades. “¿Qué se me había perdido en Madrid?”. Ni se me había pasado por la cabeza que existiera esa posibilidad. Pero el Señor, generoso como siempre, no me ayudó a encontrar algo perdido en Madrid, sino a descubrir algo que miles y miles ya conocían: una comunidad parroquial viva, que ofrece a sus fieles lo de siempre (la Eucaristía bien celebrada; la confesión, abundantemente ofrecida; y el trato continuo y personal con cada uno), a descubrir lo que ya muchos conocen.
2. Hemos escuchado en la primera lectura las palabras de san Pablo a los efesios: “Por tanto, vosotros ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”. Y nos podemos preguntar: ¿Por qué el apóstol hace esta afirmación? Lo explica más adelante en los versículos siguientes: porque fundados en Cristo, todos somos hermanos y ya no hacemos distinción de personas, pues pertenecemos a la misma familia.
Familia, ésa es la palabra que puede definir a esta comunidad parroquial. Por eso, mi agradecimiento a esta parroquia que me han acogido como un miembro más de esta gran familia. Gracias, porque han conseguido que me sienta como en casa. Es verdad, no es un formulismo para quedar bien: me he sentido como en casa. Gracias, porque me han acompañado durante estos dos años, porque han rezado por mi vocación, por mi salud, por mi tesina (cuyo resultado ha sido satisfactorio), y por tantas otras intenciones. En el fondo, sabemos bien que en una parroquia sólo Cristo es el importante. Cómo hemos escuchado en el Evangelio, el Señor eligió a sus apóstoles para convertirlos en testigos suyos. No de sí mismos, sino suyos. Van a dar testimonio del Señor. Y a pesar de ser tan distintos entre sí, con distintas profesiones y diversas procedencias, vivían como hermanos, repitiendo lo que dice San Pablo, pues están edificados sobre Cristo. Formaban una familia, cuyo centro era el Señor. Gracias porque, habiendo sido elegido sin ningún mérito de mi parte, he podido formar parte de esta familia parroquial. Y como estamos en familia, aprovecho para pedir perdón por las veces en que no me cumplido bien mi labor -sé que algunas veces no lo he hecho, por las veces en que quizá no les he atendido con la suficiente disposición, por las veces en que no he reflejado a Áquel que el ministerio sacerdotal representa.
3. El Señor eligió a sus apóstoles y los envió, hemos oído en el Evangelio. Sobre mi futuro pastoral. Algunos han preguntado qué destino pastoral tendré. Yo también lo he preguntado... Aún no lo sé. Esta mañana le he escrito un e-mail al obispo, a ver si contesta y llego a esta Misa con la novedad... y nada. Así las cosas. Por cierto, le quiero muchísimo, de verdad. Recuerdo que la primera vez que se lo pregunté fue en abril y me dijo: "Mira no me preguntes, que de abril hasta octubre ni me entero". Bueno, no hay problema... Llega septiembre. Así, todo delicado y comedido: "Mire usted, si talvez puedo decirme cuál va a ser mi futuro pastoral". Y me contesta así: "Contextos imprecisos me impiden decir cuál va a ser tu futuro pastoral". O sea que no sabe...
En estos días le escribí a un antiguo profesor mío de mis años de seminario. Le conté sobre la tesina, que había salido bien... (Ah, al obispo no se lo he contado. Si él no me cuenta, yo tampoco...). Me ha contestado con un e-mail (siempre contesta pronto, y lo que me dice tiene mucho peso; y pensé: “esto tengo que predicarlo”). Después de los saludos correspondientes, me decía: “Ahora te tocará cambiar de actividad después de un tiempo tan bueno. Hay algo bueno en no saber dónde va uno a parar, porque le da ocasión de ponerse más en manos del Señor y aceptar lo que Él quiera, de verdad. Eso pasa pocas veces en la vida; la última, cuando nos toca irnos de [este mundo]”. Sólo pido que recen por mí, para que el Señor me haga fiel. Hoy, antes de empezar la comida, me dijo un sacerdote mayor: “Si te esfuerzas por vivir la santidad, tu apostolado dará fruto, y habrás cumplido tu misión”.
4. Quiero agradecer personalmente a don Jesús, por toda la ayuda, por todo el apoyo durante estos dos años aquí en la parroquia; a don Nicolás, por su ayuda desde antes de que llegara yo a España, y porque gracias a su intercesión (y a sus buenos contactos... porque los tiene), Dios me bendijo con mi estancia en esta comunidad; a don Fernando, a don Óscar y a don Gonzalo, por su apoyo para que acabara la tesina (ah, recordaré con cariño las cenas de los jueves, después de la vela al Santísimo, y también nuestras apuestas para saber cuántos jóvenes se quedaban en la puerta de la iglesia); a don Rodrigo, por nuestras cálidas conversaciones sobre los países tropicales (como a él le gusta mucho el trópico, y a mí no); a todos los demás sacerdotes que desempeñan aquí su labor; y a toda la comunidad parroquial, por las horas de confesionario (yo creo que debieron convalidármelo con alguna materia, pues ahora con este asunto de Bolonia hay que tener prácticas). Gracias a todo por hacer, durante este tiempo, de Caná mi hogar.
5. Quiero terminar con unas palabras de un santo al que tengo mucho cariño, San Agustín. La verdad es que no sé decir las cosas con belleza, por eso suelo citar a autores que lo hacen bien. Al final de una homilía dice: “Ha llegado el momento en que yo tengo que dejar el libro santo y vosotros tenéis que regresar cada uno a sus ocupaciones. Hemos pasado un buen tiempo disfrutando de una luz común, nos hemos llenado de gozo y de alegría; pero, aunque nos separemos ahora unos de otros, procuremos no separarnos [del Señor]”. Que así sea.

No hay comentarios:
Publicar un comentario