jueves, 9 de diciembre de 2021

Homilía - La parroquia, una familia


A continuación publico una homilía predicada en la Misa de acción de gracias por los años de servicio en la comunidad parroquial Santa María de Caná (Madrid). La Santa Misa se celebró el 28 de octubre de 2013.


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No suelo escribir las homilías, como muchos se han dado cuenta. La primera vez que lo hice salió fatal. Era mi primera predicación de diácono. Recuerdo que tenía un compañero chino en el seminario. Sí, chino no por apodo, es chino de verdad, de China. Hablando con él le pregunté: ¿Y qué tal la homilía? Me dijo: "Holible". Claro, si no se escriben las cosas uno se puede quedar en blanco. Por ello, tengo aquí unas ideas que quería compartir.

1. Cuando escuchaba ayer a don Jesús y a don Nicolás dar el aviso de la misa de acción de gracias por el ministerio desempeñado por mí durante estos dos años, pensaba que en realidad, la acción de gracias debía darla yo. Efectivamente, me siento obligado -y feliz obligación- a dar gracias a Dios por darme la oportunidad de trabajar en esta comunidad parroquial, y dar gracias a todos ustedes también por la acogida con que la me han recibido.

Cuando mi arzobispo me dijo que ofreció la posibilidad de estudiar teología en la Universidad San Dámaso, no lo dudé, porque mi principal deseo era estudiar, y le dije que sí inmediatamente. Pero lo que no había imaginado -y ahí se cumple lo que dice la Escritura: “que el Señor no se deja ganar en generosidad”-. Pues lo que no había imaginado era las abundantes bendiciones que el Señor derramaría sobre mí al concederme la oportunidad, de trabajar en esta parroquia, de ejercer el ministerio sacerdotal aquí. Además es una parroquia muy querida, que me recordaba a mi parroquia de origen donde yo había sido monaguillo.

Tengo que confesar que al principio me impresionó un poco la idea de venir a Madrid, cuando se habían barajado otras posibilidades. “¿Qué se me había perdido en Madrid?”. Ni se me había pasado por la cabeza que existiera esa posibilidad. Pero el Señor, generoso como siempre, no me ayudó a encontrar algo perdido en Madrid, sino a descubrir algo que miles y miles ya conocían: una comunidad parroquial viva, que ofrece a sus fieles lo de siempre (la Eucaristía bien celebrada; la confesión, abundantemente ofrecida; y el trato continuo y personal con cada uno), a descubrir lo que ya muchos conocen.

2. Hemos escuchado en la primera lectura las palabras de san Pablo a los efesios: “Por tanto, vosotros ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”. Y nos podemos preguntar: ¿Por qué el apóstol hace esta afirmación? Lo explica más adelante en los versículos siguientes: porque fundados en Cristo, todos somos hermanos y ya no hacemos distinción de personas, pues pertenecemos a la misma familia. 

Familia, ésa es la palabra que puede definir a esta comunidad parroquial. Por eso, mi agradecimiento a esta parroquia que me han acogido como un miembro más de esta gran familia. Gracias, porque han conseguido que me sienta como en casa. Es verdad, no es un formulismo para quedar bien: me he sentido como en casa. Gracias, porque me han acompañado durante estos dos años, porque han rezado por mi vocación, por mi salud, por mi tesina (cuyo resultado ha sido satisfactorio), y por tantas otras intenciones. En el fondo, sabemos bien que en una parroquia sólo Cristo es el importante. Cómo hemos escuchado en el Evangelio, el Señor eligió a sus apóstoles para convertirlos en testigos suyos. No de sí mismos, sino suyos. Van a dar testimonio del Señor. Y a pesar de ser tan distintos entre sí, con distintas profesiones y diversas procedencias, vivían como hermanos, repitiendo lo que dice San Pablo, pues están edificados sobre Cristo. Formaban una familia, cuyo centro era el Señor. Gracias porque, habiendo sido elegido sin ningún mérito de mi parte, he podido formar parte de esta familia parroquial. Y como estamos en familia, aprovecho para pedir perdón por las veces en que no me cumplido bien mi labor -sé que algunas veces no lo he hecho, por las veces en que quizá no les he atendido con la suficiente disposición, por las veces en que no he reflejado a Áquel que el ministerio sacerdotal representa.

3. El Señor eligió a sus apóstoles y los envió, hemos oído en el Evangelio. Sobre mi futuro pastoral. Algunos han preguntado qué destino pastoral tendré. Yo también lo he preguntado... Aún no lo sé. Esta mañana le he escrito un e-mail al obispo, a ver si contesta y llego a esta Misa con la novedad... y nada. Así las cosas. Por cierto, le quiero muchísimo, de verdad. Recuerdo que la primera vez que se lo pregunté fue en abril y me dijo: "Mira no me preguntes, que de abril hasta octubre ni me entero". Bueno, no hay problema... Llega septiembre. Así, todo delicado y comedido: "Mire usted, si talvez puedo decirme cuál va a ser mi futuro pastoral". Y me contesta así: "Contextos imprecisos me impiden decir cuál va a ser tu futuro pastoral". O sea que no sabe... 

En estos días le escribí a un antiguo profesor mío de mis años de seminario. Le conté sobre la tesina, que había salido bien... (Ah, al obispo no se lo he contado. Si él no me cuenta, yo tampoco...). Me ha contestado con un e-mail (siempre contesta pronto, y lo que me dice tiene mucho peso; y pensé: “esto tengo que predicarlo”). Después de los saludos correspondientes, me decía: “Ahora te tocará cambiar de actividad después de un tiempo tan bueno. Hay algo bueno en no saber dónde va uno a parar, porque le da ocasión de ponerse más en manos del Señor y aceptar lo que Él quiera, de verdad. Eso pasa pocas veces en la vida; la última, cuando nos toca irnos de [este mundo]”. Sólo pido que recen por mí, para que el Señor me haga fiel. Hoy, antes de empezar la comida, me dijo un sacerdote mayor: “Si te esfuerzas por vivir la santidad, tu apostolado dará fruto, y habrás cumplido tu misión”.

4. Quiero agradecer personalmente a don Jesús, por toda la ayuda, por todo el apoyo durante estos dos años aquí en la parroquia; a don Nicolás, por su ayuda desde antes de que llegara yo a España, y porque gracias a su intercesión (y a sus buenos contactos... porque los tiene), Dios me bendijo con mi estancia en esta comunidad; a don Fernando, a don Óscar y a don Gonzalo, por su apoyo para que acabara la tesina (ah, recordaré con cariño las cenas de los jueves, después de la vela al Santísimo, y también nuestras apuestas para saber cuántos jóvenes se quedaban en la puerta de la iglesia); a don Rodrigo, por nuestras cálidas conversaciones sobre los países tropicales (como a él le gusta mucho el trópico, y a mí no); a todos los demás sacerdotes que desempeñan aquí su labor; y a toda la comunidad parroquial, por las horas de confesionario (yo creo que debieron convalidármelo con alguna materia, pues ahora con este asunto de Bolonia hay que tener prácticas). Gracias a todo por hacer, durante este tiempo, de Caná mi hogar.

5. Quiero terminar con unas palabras de un santo al que tengo mucho cariño, San Agustín. La verdad es que no sé decir las cosas con belleza, por eso suelo citar a autores que lo hacen bien. Al final de una homilía dice: “Ha llegado el momento en que yo tengo que dejar el libro santo y vosotros tenéis que regresar cada uno a sus ocupaciones. Hemos pasado un buen tiempo disfrutando de una luz común, nos hemos llenado de gozo y de alegría; pero, aunque nos separemos ahora unos de otros, procuremos no separarnos [del Señor]”. Que así sea.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Homilía - La vocación de entrega total y de por vida al Señor

Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete» (Mt 7, 33-34).

Queridos hermanos:

Nos hemos reunido en torno al altar del Señor para presenciar, para celebrar el compromiso de por vida de quien, como los apóstoles, ha sentido la llamada del Señor. Hoy es el día en que nuestra hermana dará un sí definitivo a Dios. Hoy ella asumirá una relación exclusiva de amor con el Señor y dispondrá su vida en las manos de Dios para el servicio de las almas.

El texto del Evangelio de hoy puede ayudarnos a profundizar en el misterio de la vocación. Los textos de la liturgia del día siempre tienen algo que decirnos, siempre ofrecen una luz sobre las circunstancias que estamos viviendo. El Card. Ratzinger escribía en el año 1988 que para hablar a sacerdotes y seminaristas «en lugar de recurrir a los textos neotestamentarios habituales sobre esta materia [la vocación sacerdotal], me parecía más fructífero aceptar el desafío de las perícopas que me presentaba la liturgia del día»[1]. Ese mismo desafío queremos asumir, aunque, estoy convencido, que no alcanzaremos la talla espiritual e intelectual del Papa Emérito.

Llamamos misterio a la vocación, pues la iniciativa es divina, fuente del misterio, y conecta con la libertad humana que, con sus luces y sombras, es siempre misteriosa. El Señor, pues, nos ayude a sumergirnos en este misterio y que los tesoros que podamos encontrar enriquezcan nuestros corazones y afiancen nuestro caminar cristiano.

Llamada aparte

«Apartándolo de la gente a un lado» (Mt 7, 33). Jesús se lleva aparte al sordomudo, ¿por qué el Señor no lo sana delante de los demás? ¿Qué significa esta particularidad que trae San Marcos? Benedicto XVI lo explica en una catequesis del año 2011: «Jesús quiere que la curación tenga lugar “apartándolo de la gente, a solas”. Parece que esto no se debe solo al hecho de que el milagro debe mantenerse oculto a la gente para evitar que se formen interpretaciones limitadas o erróneas de la persona de Jesús. La decisión de llevar al enfermo a un lugar apartado hace que, en el momento de la curación, Jesús y el sordomudo se encuentren solos, en la cercanía de la una relación singular»[2]. Son dos particularidades que tiene esta situación un poco extraña: por un lado, mantenerlo oculto a los ojos de los demás; y por otro lado, crear una relación singular entre Jesús y el beneficiario del milagro.

Estas dos explicaciones se aplican perfectamente a la vocación específica de vivir una entrega total y exclusiva al Señor. «Mantenerle oculto a los ojos de los demás». Así es el discernimiento vocacional. Una resonancia interior que solo el que es elegido puede escuchar. La vocación es un misterio que crece en el interior, en el corazón. Me permito citar unas palabras de San Josemaría, escritas hace casi 90 años: «Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como  si  se  encendiera  una  luz  dentro  de  nosotros;  es  un  impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación»[3]. Así es la vocación. Una llamada aparte como lo hace Jesús en el Evangelio de hoy. Reservada a las miradas ajenas. Ello permite una respuesta libre. Pues únicamente la persona que cree que es llamada, puede «ver» aquello que Dios le pide. La vocación es esa perla del Evangelio que se esconde, pero solo se esconde al principio, y una vez adquirida es inevitable mostrarla a los demás.

La segunda explicación de esta «llamada aparte» es que Jesús quiere tener una relación singular con el que es llamado. Aquel que ha decidido entregar su vida a Dios quiere y debe mantener una relación particular, especial, afectiva con el Señor. San Juan Pablo II define al hombre como «ser esponsalicio»[4] hasta el punto de que varón y mujer han sido creados para el matrimonio. Es decir, la vocación común del hombre y de la mujer es el matrimonio. Sin embargo, hay motivos -y hoy somos testigos de ello- que hacen digna la renuncia al matrimonio y nunca adversa la matrimonio.

Esa relación singular, hemos dicho, debe ser afectiva. Sí, amar al Señor con todo el corazón. Pero, podemos cuestionarnos, ¿cómo conseguir amar a quien «no tienes cerca», a quien no puedes abrazar? Esta pregunta tiene trampa. El Hijo de Dios ha asumido nuestra naturaleza humana, ha querido tener un corazón como el nuestro. Jesús es capaz de amar con afecto humano, como tantas veces lo hemos visto en los Evangelios. ¿Qué hace falta? Pasar tiempo con Dios, «perder» tiempo con Jesús. Un consejo: «No dejes al Señor y te enamorarás de Él»[5].

Concesión de un don y unas gracias especiales

«Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad» (Mc 7, 35). En el milagro que acabamos de escuchar, como en todos los milagros, siempre hay la concesión de un don que exige una correspondencia por parte del beneficiario. Aquel hombre estaba sordo, no sabemos mucho más de él. En la vocación siempre hay un don. Así como al sordo del Evangelio, el Señor le concede el don de la audición, devolviéndole algo que había perdido. Así mismo, al que es llamado, el Señor le concede un don, que no habríamos podido alcanzar por nuestras solas fuerzas, pero cuya correspondencia adelanta aquí en la tierra lo que un día seremos en el cielo. El don de la vocación genera unas capacidades en el que es llamado que, de algún modo, anticipan lo que estamos llamados a vivir en la eternidad. Con tu vida de entrega generosa se hace presente ya en este mundo, lo que viviremos en el más allá.

El don de la vocación viene acompañado de unas gracias especiales. Santo Tomás de Aquino lo afirma: «A los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos»[6]. Esa gracia la encontrarás en tu oración personal, en la Santa Misa y la confesión. El Señor te ha elegido, te ha llamado. Él te acompañará siempre en este camino. Y todos los que te queremos también.

El anuncio de Cristo

El don de la vocación no es solo para ti, es para los demás. Dice el Evangelio de hoy: «Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos» (Mc 7, 36). No vamos a entrar en la aparente desobediencia de aquellas personas que fueron testigos del milagro. Quizás se deba a que Jesús veía que por ahora no era conveniente dicho anuncio. Sin embargo, aquellos testigos dieron a conocer a Cristo. El don recibido debe ser anunciado, debe ser dado a conocer.

Es precisamente el anuncio de Cristo tu principal misión. Sabemos bien que nuestra entrega total a Dios, nos permite una mayor disponibilidad para servir a las almas, a todas las que el Señor ponga en el camino. Hacer de la vida una ofrenda agradable a Dios. San Juan Pablo II lo recordaba: «Los fieles laicos -debido a su participación en el oficio profético de Cristo- están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana -más o menos conscientemente percibida e invocada por todos- constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad»[7].

En ese apostolado, en esa labor, no olvidemos nunca que nos interesan las personas, una a una. El Papa Francisco lo expresó muy bien en la exhortación apostólica posterior al sínodo de los jóvenes: «ese indispensable anuncio persona a persona que no puede ser reemplazado por ningún recurso ni estrategia pastoral»[8].

Damos gracias a Dios por tu vocación, a tus padres por prepararte, a tu comunidad por acompañarte. Que seas siempre del Señor. Que cuentes con nuestra ayuda y nuestra oración. Que este paso sea el primero de todos aquellos que en la comunidad esperamos ver: tu ejemplo y tu ayuda impulse a más jóvenes a dar la vida por Cristo. Que seas siempre fiel. Así sea.

Homilía predicada en la misa de la Comunidad Tierra Santa
Parroquia San Antonio María Claret
4 de septiembre de 2021



[1] Ratzinger, J.,  Servidor de vuestra alegría, Barcelona 1989, p. 9.

[2] Benedicto XVI, Catequesis, 11 diciembre 2014.

[3] San Josemaría, Carta, 9 enero 1932.

[4] San Juan Pablo II, Catequesis, 6 enero 1980.

[5] El beato Álvaro del Portillo hacía una inversión didáctica a la redacción del último punto de meditación del libro Camino, escrito por San Josemaría.

[6] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 3, q. 27, a. 4 c

[7] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, 30 diciembre 1998, n. 34

[8] Exhortación Apostólica Christus vivit, 25 marzo 2019, n. 218

¡La presa ha reventado!

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